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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2004.
26/12/2004
Por vivir un poco másComo anunciaba en la página madre, durante dos días no he recibido correo electrónico. Dos días sin saber apenas de nadie, salvo de quienes conocen mis direcciones alternativas y han querido, además, escribirme. Dos días sin saber si me había escrito alguien. Dos días pensando que estaba perdiendo los mensajes más importantes de mi vida, que había personas que me escribían historias definitivas y yo no podía leerlas. Pero también he pasado cuarenta y ocho ohas pensando que quizá ella, por fin, me había escrito. Esta mañana han entrado todos los mensajes juntos en este buzón. Buenas noticias, palabras cariñosas y amables de José Luis Jiménez, del gran Pepe Melero, de Ana Vicent, de Javier Burbano, de mi hermano Víctor Pardo, de Antón...
Tensión. Estoy buscando una cajita de música, una pluma estilográfica, una primera de Saputo para Pepe Melero. Además, durante los últimos meses, escribo. Y escribir es, para mí, el tiempo de la incertidumbre y de la tristeza.
Escribir es como pretender el fuego en el tiempo en que los dioses no querían compartirlo. El escritor tiene que estar dispuesto a poner en juego aquello que más aprecia. Y llegado el momento ha de saber perderlo. Pero escribir también es una tentación, casi siempre irresistible, que nos atrae como el riesgo innecesario, como el peligro gratuito. Y llega un momento que se escribe por escribir. Se escribe por la escritura misma, aunque cada palabra sea el anticipo de la derrota como cada día y cada beso parecen acercarnos al final de nuestras historias de amor.
No estoy bajo de moral, aunque vivo instalado en este tiempo de la tristeza. Pienso en todas la personas que conozco gracias al trabajo, a los empeños quiméricos -como el Saputo, la caja de música o la pluma estilográfica- Y soy feliz, o algo así. Por eso madrugo. Para alargar el día. Por vivir un poco más.
28/12/2004
No sabía nada más de ellaSiempre le parecía que sería la última vez, que ya no volvería a enamorarse. Hasta que ella se cruzó en su camino. Javier Torres le dijo que se llamaba María Luisa. No sabía nada más de ella. Cuando todos dormían él se enganchaba al teléfono sólo para oír, clandestinamente, su voz: "el servicio contestador de telefónica, le informa de que no tiene mensajes". Una y otra vez hasta que amanecía. No sabía nada más de ella. El resto se lo inventaba, como inventamos a las personas que creemos amar
29/12/2004
buenos sentimientos Hace unos meses, Crono, el perro de Guillermo se hizo una herida en una pata. Nada grave. Pero mi hijo abrazaba al animal y lloraba como si la herida se la hubiera hecho él y no su perro. Pensé que sólo llora así una buena persona. Ayer pensé lo mismo cuando vi el cariño y la ilusión de Iguálcel, Blanca, Jorge y Guillermo alrededor de los perricos.
31/12/2004
El efecto bailarina Ella sonreía siempre. Aunque tuviera los dedos de los pies aplastados y amoratados, a pesar de los calambres y de los tirones, a pesar de los esguinces y de aquella incierta sensación de mareo, a pesar del dolor que le producían sus manos cuando la levantaban como si no pesara nada. Ella sonreía después de cada caída cuando el ridículo era aún más doloroso que el dolor.
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