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el vuelo de la mariposa

La vida...

Tenía que actualizar su vida. Había decidido bajarse algún parche que taponara sus heridas, algún pack que le hiciera menos vulnerable. Hacía unas semanas que había detectado errores graves, errores graves de configuración en sus creencias, en su manera de entender el mundo y en sus sentimientos. Tarde, uno siempre se da cuenta de las cosas tarde, descubrió que se había instalado en su interior un troyano que le envenenaba el corazón, que utilizaba a su antojo su libreta de direcciones y que le robaba la información, los secretos y las confidencias que guardaba en el disco duro. Pudo haber llegado en cualquiera de las felicitaciones de navidad que le enviaron, en los archivos de texto que escondían inocentes poemas, en las fotografías del cielo que él mira como si le acercaran a las personas que había amado, o en cualquier de los besos. Tenía que actualizar su vida. Había encontrado problemas de excepción en la comunicación con el sistema, en el reconocimiento de las identidades que le servían para trabajar, en la confidencialidad de los datos... Aún no sabía las consecuencias de instalar en su vida nuevas actualizaciones. Pero no tenía otra alternativa.

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desde el nokia 6600

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estoy haciendo lo que no haría nunca Pepe Melero

Los secretos de Gloria

Los secretos de Gloria

Nosotros nos conocemos hace más de veinte años. Bueno, en realidad hace veinte años que yo sé quién es ella, pero ella sólo se fijó en mí mucho más tarde. Dice que hay que aprovechar los momentos en los que está de buen humor porque se le pasan enseguida. A mí me parece que tiene mucha paciencia. Es inteligente y discreta y da gusto trabajar con ella. En la placa de la fotografía, en el fondo de los chips y los circuitos, se esconden sus secretos.

* * *


Sólo me consuela mirarla y que, a veces, ella me abrace. Algunos días, como hoy mismo me ocurre, necesito mirar a Blanca porque sólo en sus ojos encuentro ánimo y serenidad.

No pasa nada. No cojo el teléfono porque no puedo dejar de leer Enterrar a los muertos de Ignacio Martínez de Pisón. Esta mañana he ido a Antígona, la librería de Pepito y de Julia, y he comprado los dos últimos títulos de la Biblioteca Aragonesa de Cultura que dirige Eloy Fernández Clemente, el catálogo de la exposición Los colegios del exilio, que actualmente puede visitarse en la Residencia de Estudiantes y 30 retratos de maestras donde Amelia Almau firma un artículo sobre Marta Notivol. Yo trabajé con Marta en el Colegio Público Hermanos Marx de Zaragoza. Es una magnífica maestra y me he alegrado mucho de leer esta entrevista. Luego he pasado por La estilográfica moderna, la mejor tienda de plumas del mundo. He comprado tinta y me han reparado la pluma que me regalaron las gentes de FETE-UGT Aragón. Cuando me dirigía a la plaza de San Pedro Nolasco el destino ha puesto en mi camino al gran Rodolfo Notivol. Hemos hablado un ratico de libros, de rojinegros, de nuestros amigos, de fútbol y de Zaragoza, esta ciudad que nos apasiona y nos consume.

Saber terminar a tiempo

Supongo que en todo interviene el azar, el capricho y lo que no se puede controlar.

¿Qué le hace pensar a un pintor que ha terminado una obra?

¿En qué momento descubre que ya no tiene que dar ni una pincelada más, que no ha de retocar el color de fondo de un paisaje?

¿Cómo se terminan los poemas?

¿Cuántas veces lee un escritor sus propios textos hasta que decide que ya no falta una coma o que no sobra una palabra?

¿En qué momento está seguro el compositor de haber escrito todas las notas que exige una canción?

¿Es posible escribir dos veces el mismo poema o pintar dos cuadros idénticos?

¿Cómo se terminan las conversaciones?

¿En qué momento hemos de dejar de mirar los ojos que nos miran?

¿Cuándo se acaban los besos o las caricias?

Nadie ya me entiende

Hoy he dado una de las mejores clases que puedo dar. He hablado, he querido hablar, de las cosas que mejor conozco, de las cosas que quizá sólo yo puedo contar, y no he conseguido convencer a mis alumnos. No sé. Quizá son muy jóvenes o yo me he hecho muy mayor... O quizá es muy difícil coincidir... no lo sé.

Por la tarde he estado en el CPR de Huesca. He escuchado cómo Rosa Tabernero hablaba de intertextualidad, de metaficción, de hipotexto, de deconstrucción... Yo no entendía nada, como es normal. Pero estaría toda la vida escuchándole contar historias. Pasaría mil y una noches en vela escuchando su voz...

S'ha feito de nuey

Dicen que un querer ye dos no más
Y que ye más fácil ferlo caminar,
cuando l'uno caye, l'otro a devantar...
Cuando l'uno caye, l'otro a devantar...

Le oí cantar esta jota por primera vez en Calatorao a Miguel Ángel Garcés, mi compañero de tantas cosas y mi amigo. "Cuando l'uno caye, l'otro a devantar". Así ha de ser cuando dos personas se quieren, cuando dos personas se quieren querer. Puede que nada tenga más sentido para hacer caminar un querer.

En la página web he colgado la letra entera y un archivo con la jota. No dejen de escucharlo. Es el regalo del día.

Ayer Pepe Melero me recordó esta letra y me contó varias historias relacionas con esta jota. Pepe es así. Conoce las historias de de cada libro, de cada cuadro...

Si ella ha sido capaz de escucharla...

Si ella ha sido capaz de escucharla...

Ingrid Bergman:¡Tócala, Sam! En memoria del pasado, ¡tócala!

Doole Wilson: No sé a qué se refiere señorita Wilson.

Ingrid Bergman: ¡Tócala, Sam! ¡Tócala!

Humphrey Bogart :¡Si la has tocada para ella, puedes tocarla para mí, Sam!

Doole Wilson: No creo que me acuerde.

Humphrey Bogart: Si ella ha sido capaz de escucharla, yo también.¡Tócala, Sam!.

* * * * * * *

Los recuerdos son los objetos, las palabras, las luces, los olores, las músicas y las canciones, las sensaciones, los paisajes y todas las cosas que despiertan nuestra memoria. Casi siempre ocurre cuando menos lo esperamos, quizá cuando menos nos conviene. Repentinamente, sin avisar, todo se nos amontona y en nuestro corazón, en nuestra garganta y en nuestra mirada vuelven a vivir el tiempo de la luz y también el tiempo de las sombras, el calor de tardes, el reflejo del sol en sus labios, el delirio de las palabras susurradas, la amargura del llanto contenido, la ansiedad de la espera...

Los recuerdos abren las puertas de mi memoria y cometo el error de pensar qué hubiera pasado si... Si le hubiera pedido -una vez más- que se quedara, si hubiera tenido el valor de acampañarla, si ella no hubiera callado tanto, si la hubiera besado a tiempo, si no le hubiera preguntado nada... qué hubiera pasado si...

Los recuerdos abren las puertas de mi memoria y me llevan a lugares perdidos, a mundos imposibles de recomponer, salvo en mi corazón, en mi garganta y en mi mirada.

6600

Este es el primer artículo que escribo desde el Nokia 6600. Estoy un poco contento.

Hielo en la sangre

Cuatro grados bajo cero. Nos acostumbranos enseguida a lo extraordinario. Nos parece normal que al abrir un grifo salga agua, que se encienda la luz o a que la casa alcance la temperatura que hemos programado en el termostato. Cuatro bajo cero. Se han helado las tuberías y no tenemos agua en casa. He tenido que activar el plan de emergencias hídricas y recurrir al viejo pozo. Se ha helado la línea adsl: un tapón de bits, de inútiles ceros y unos me impide salir al mundo o tener noticias de lo que pasa fuera. Ya sólo puedo conectarme por Bluetooth con las personas que me reconocen y me aceptan como usuario en sus vidas, un usuario invitado y ocasional. Alguien que siempre está de paso.

La educación que precisamos. Entre la equidad y la calidad

He visto niños que miran como miran todos los niños, y que parecen condenados, desde antes de empezar la escuela, al fracaso escolar. Niños que ríen como ríen los niños, mientras un “no” preside sus vidas. Evitamos pensar en ello, pero cada ciudad tiene su sur, un territorio en el que se han asentado niños que han venido de lejos, hijos de familias desfavorecidas y desestructuradas. Necesitan una educación basada en la justicia, una educación infantil que les permita construir su identidad, que les permita socializarse, que les estimule y trate de paliar la desigualdad desde la que estrenan no sólo su escolarización, sino la vida.

Todos los niños de 0-6 años son genios en potencia. Hablarán dos o tres idiomas, si crecen en el medio lingüístico adecuado; desarrollarán un gusto exquisito por la música, si se les permite escucharla; amarán la literatura, si se cruza en su camino una maestra o un maestro que sepa mirarlos a los ojos mientras les cuenta las hermosas historias que desde hace centenares de años han ayudado a madurar a la humanidad; entenderán los principios de la sociedad de la información, si en la escuela hay ordenadores… Todo es posible para todos los niños.

Creo en el carácter educativo irrenunciable de la educación infantil, un período que se extiende desde el momento del nacimiento hasta los seis años, un tiempo en el que todo es aún posible, si se ponen los medios y los recursos necesarios. Es urgente que el profesorado que trabaje en esta etapa esté formado superiormente.

El gran reto de la Educación Infantil está en el primer ciclo. Necesitamos una red suficiente de centros públicos de 0-3. Hay que invertir mucho dinero para que se cumpla escrupulosamente la relación profesor alumno, que permita trabajar adecuadamente, para que haya espacios suficientes, para que estas escuelas infantiles abandonen su carácter meramente asistencial. Hay que derrochar dinero para que todos los niños, por equidad, tengan acceso a uno de estos centros.

Además de atender al desarrollo afectivo y emocional del niño, la educación infantil tiene entre sus finalidades el enriquecimiento intelectual. No hay mejor momento para la introducción de una lengua extranjera, para familiarizar a los niños con el ordenador o con el código escrito, porque ya viven sumergidos en él. Basta pensar en la publicidad, los medios de comunicación, los logotipos, matriculas de coches, miles de iconos y de símbolos que le entran al niño de mil maneras por los ojos. Sólo me preocupa que esta aproximación al código escrito se convirtiera en causa de exclusión y que hubiera niños que por no dominar la lectura en Educación Infantil empezaran la Primaria recibiendo clases de apoyo. También eso iría contra la equidad. Leer no puede convertirse en un ejercicio tedioso, rutinario y carente de sentido -Mi mamá me mima, ¿recuerdan?- Aquello era un absurdo que invitaba a no leer nunca más, y a no volver a escribir.

Sólo si somos capaces de proporcionar una educación basada en la equidad, tendremos, seguro, una educación de calidad, que procure que quienes peor están, estén lo mejor posible. Todo sería tan fácil como que pensemos la educación infantil que desearíamos para nuestros hijos y tratemos de que ésa sea, precisamente, la Educación Infantil que trataremos de ofrecer a los hijos de todos. Una educación de calidad. Por equidad.

(Este texto -o algo parecido- se publicó hace unas semanas en Heraldo Escolar)

El armario de la vida

He corregido algunos de los trabajos que los estudiantes han presentado en esta convocatoria de febrero. No, no es muy divertido, pero la culpa la tengo yo, que soy quien les pido que los hagan. Casi no tengo sitio para almacenarlos porque comparto despacho con dos profesores, con Clara y con Gabriel. Procuramos no coincidir -tres personas en una habitación tan pequeña sería una locura. Además tampoco tendríamos dónde sentarnos. Como sólo hay un armario, disponemos cada uno de una balda y media para los libros, los exámenes, los trabajos, los vídeos, los dvds, etc. Por eso, antes de guardar estos trabajos he tenido que triturar los anteriores. Una cuestión de espacio. Pura física. Me cuesta desprenderme de las cosas, de los objetos (incluso de los trabajos de los estudiantes)que han tenido un sitio en mi vida o en mi armario. O en el armario de la vida... qué sé yo.

Algunas veces, como hoy mismo, creo que también sería conveniente disponer de una trituradora de recuerdos o que, de vez en cuando, pudiéramos formatear nuestros corazones, cambiar de PIN, o de memoria SIM o de lo que sea. O al menos que pudiéramos vaciarlo todo en una unidad externa para desprendernos del lastre innecesario. Pero no es posible. Y los recuerdos se esconden en los rincones del armario de la vida, se ocultan entre los papeles y las urgencias de cada día. Las palabras, como si nos acecharan, se agazapan entre los miles de palabras. Y, como canta Joan Manuel Serrat, cuando menos lo esperamos "nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve".

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Treinta y cinco años dictando dictados

Treinta y cinco años dictando dictados

Hoy hemos visto en clase Ser y Tener, una película-documental que muestra el trabajo de un maestro en una pequeña escuela rural francesa. Los niños son niños en la vida real y el maestro que protagoniza la película es el maestro de la escuela, un maestro que llevaba veinte años viviendo en ese pueblo y treinta y cinco trabajando en la escuela. La película se puede leer, como la vida, desde muchos puntos de vista. Veremos qué dicen los estudiantes.

A mí se me ocurre que se puede plantear un interesante debate que puede abordar desde el sentido de la escuela rural, la socialización de los niños en las escuelas, la relación de la escuela con las familias, los grupos heterogéneos, la relación escuela- sociedad, la relación educación/instrucción, el papel de los materiales en el proceso de enseñanza-aprendizaje hasta el trabajo del maestro.

Yo fui maestro rural en Langa del Castillo. Por eso esta película me ha sugerido muchas ideas, me ha traído muchos recuerdos.

El efecto bailarina

El efecto bailarina

Ella sonreía siempre. Aunque tuviera los dedos de los pies aplastados y amoratados, a pesar de los calambres y de los tirones, a pesar de los esguinces y de aquella incierta sensación de mareo, a pesar del dolor que le producían sus manos cuando la levantaban como si no pesara nada. Ella sonreía después de cada caída cuando el ridículo era aún más doloroso que el dolor.

buenos sentimientos

buenos sentimientos

Hace unos meses, Crono, el perro de Guillermo se hizo una herida en una pata. Nada grave. Pero mi hijo abrazaba al animal y lloraba como si la herida se la hubiera hecho él y no su perro. Pensé que sólo llora así una buena persona.

Ayer pensé lo mismo cuando vi el cariño y la ilusión de Iguálcel, Blanca, Jorge y Guillermo alrededor de los perricos.

No sabía nada más de ella

Siempre le parecía que sería la última vez, que ya no volvería a enamorarse. Hasta que ella se cruzó en su camino. Javier Torres le dijo que se llamaba María Luisa. No sabía nada más de ella. Cuando todos dormían él se enganchaba al teléfono sólo para oír, clandestinamente, su voz: "el servicio contestador de telefónica, le informa de que no tiene mensajes". Una y otra vez hasta que amanecía. No sabía nada más de ella. El resto se lo inventaba, como inventamos a las personas que creemos amar

Por vivir un poco más

Como anunciaba en la página madre, durante dos días no he recibido correo electrónico. Dos días sin saber apenas de nadie, salvo de quienes conocen mis direcciones alternativas y han querido, además, escribirme. Dos días sin saber si me había escrito alguien. Dos días pensando que estaba perdiendo los mensajes más importantes de mi vida, que había personas que me escribían historias definitivas y yo no podía leerlas. Pero también he pasado cuarenta y ocho ohas pensando que quizá ella, por fin, me había escrito. Esta mañana han entrado todos los mensajes juntos en este buzón. Buenas noticias, palabras cariñosas y amables de José Luis Jiménez, del gran Pepe Melero, de Ana Vicent, de Javier Burbano, de mi hermano Víctor Pardo, de Antón...

Tensión. Estoy buscando una cajita de música, una pluma estilográfica, una primera de Saputo para Pepe Melero. Además, durante los últimos meses, escribo. Y escribir es, para mí, el tiempo de la incertidumbre y de la tristeza.

Escribir es como pretender el fuego en el tiempo en que los dioses no querían compartirlo. El escritor tiene que estar dispuesto a poner en juego aquello que más aprecia. Y llegado el momento ha de saber perderlo. Pero escribir también es una tentación, casi siempre irresistible, que nos atrae como el riesgo innecesario, como el peligro gratuito. Y llega un momento que se escribe por escribir. Se escribe por la escritura misma, aunque cada palabra sea el anticipo de la derrota como cada día y cada beso parecen acercarnos al final de nuestras historias de amor.

No estoy bajo de moral, aunque vivo instalado en este tiempo de la tristeza. Pienso en todas la personas que conozco gracias al trabajo, a los empeños quiméricos -como el Saputo, la caja de música o la pluma estilográfica- Y soy feliz, o algo así. Por eso madrugo. Para alargar el día. Por vivir un poco más.

Setenta y cinco años de una escuela viva

Un edificio es un espacio físico, una forma de dar sentido a la luz y al aire.

Un edificio escolar está pensado para aprender, pero también para convivir, para colaborar y prestar ayuda, para crecer y para compartir. Un edificio escolar es un espacio para el nosotros, para el descubrimiento de la identidad compartida, para aprender a discrepar, para aprender a aceptar y a respetar las diferencias.

Un edificio escolar proyecta y traduce la concepción que se tiene de la educación, crea posibilidades, permite un tipo de comunicación u otra. Un edificio escolar es un lugar de encuentro o de separación, y nos habla de las personas que en él trabajan y que se educan en sus aulas.

Una escuela es, fundamentalmente, un grupo de personas que aprenden, que se comunican, que, a veces, padecen, que construyen su identidad, que dialogan o se aíslan. Una escuela es un lugar de legitimación de determinadas ideas. Una escuela es un lugar proyectado irremediablemente hacia el futuro, un lugar para contrastar ideas y pareceres. Una escuela es una institución condicionada por algunas rutinas, con unas pautas de comunicación mediadas y mediatizadas por el peso de la misma institución. Una escuela es un lugar simbólico, revestido de un especial significado por las personas que en ella conviven: las batas, las sirenas, el horario, las filas, las marchas, las banderas… En definitiva, símbolos creados, o impuestos, que condicionan la vida de las personas que forman parte de las instituciones. Una escuela es un lugar para descubrir el mundo o, al menos, parte de él: la amistad, el compañerismo, el sentimiento de pertenencia, el respeto, la propia valía, el valor de la palabra, la rebeldía, la obediencia y la desobediencia, las primeras lecturas, las reglas que nos permiten convivir…

La escuela como reflejo de una época

Las escuelas son las instituciones que mejor y más fielmente traducen los valores de una sociedad porque pretenden, esencialmente, socializar a los niños en unos determinados valores, en una determinada manera de entender el mundo.

Por su carácter universal y obligatorio, la escuela es una institución total que reúne en su seno durante un tiempo prolongado a toda la población infantil. De ahí, precisamente, su potencial socializador y, por lo tanto, el interés de grupos ideológicos y políticos por controlar lo que se hace en la escuela.

El Grupo Escolar Joaquín Costa

Escribir sobre el Grupo Escolar Joaquín Costa de Zaragoza es escribir sobre un edificio, sobre el proyecto de un arquitecto, y la generosidad de una ciudad que quería levantar un monumento en memoria de Joaquín Costa. Pero lo más importante de estos setenta y cinco años de historia es la escuela viva. Los miles de niños y niñas que crecieron, pensaron, disfrutaron, aprendieron, lloraron, jugaron y rieron en esta escuela. Y las maestras y maestros que durante estas décadas los vieron crecer, pensar, disfrutar, aprender, llorar, jugar y reír. Ésa es la otra escuela, la escuela íntima, la escuela que apenas puede ser contada, la escuela de los encuentros, la escuela sólo imaginada, la escuela de las palabras, de las miradas y de las complicidades, la escuela del respeto y de la admiración, la escuela tolerante, la escuela también, a veces, de la incomprensión, la escuela recordada, la escuela soñada, la escuela perdida, la escuela que pudo ser, la escuela instrumentalizada, la escuela sometida, la escuela pública y cívica.

Cuando el arquitecto Miguel Ángel Navarro anunció las líneas básicas de su proyecto, la ciudadanía supo que sería un gran grupo escolar, una escuela moderna, un monumento vivo. Aunque también hubo zaragozanos incrédulos que paseaban por el Campo del Sepulcro y que dudaban que aquella escuela llegara a terminarse. Por eso, el día de la inauguración se congregó un gentío inesperado en las puertas de la escuela. Decían que aquella escuela tenía piscina y duchas, decían que los obreros del Centro Aragonés de Barcelona habían elaborado, robándole horas al sueño, unos muebles para sumarse al homenaje que la ciudad tributaba a Costa. Además, decían que había laboratorios, biblioteca, un salón de actos como el de un teatro. Los periódicos publicaban que no se había escatimado el espacio dedicado a patio de recreo, que había jardines, un amplio comedor, árboles y mucho material pedagógico… Y costaba creer que fuera cierto todo lo que se decía.

Los primeros niños llegaron a la escuela un poco asustados y cohibidos. Allí había dependencias y materiales con los que no habían soñado, instalaciones impensables en otras escuelas de la ciudad, como las vitrinas con material de proyección, las columnas de hall que daban al edificio un aspecto monumental, los enormes ventanales, las puertas de hierro o los altísimos techos. El director de la escuela, Pedro Arnal Cavero, los tranquilizó: “Niños, este edificio hermoso y grande es vuestra escuela y es vuestra casa. El municipio zaragozano lo ha construido con arte y lo ha amueblado con lujo para que paséis en él las mejores horas de vuestros años felices, los días más dichosos de vuestra vida”. Aquella treintena de maestros y el millar y medio de niños, iniciaban juntos la aventura compartida de poner en marcha un gran grupo escolar.

Los ilusionantes años de la Segunda República coincidieron con los primeros cursos de funcionamiento de la escuela. Pedro Arnal Cavero quería una escuela abierta durante todo el año para que pudiera utilizarse la piscina, los patios de recreo, la biblioteca. Soñaba con una escuela que preparase para la vida. Por eso se organizaron las clases de iniciación profesional: la imprenta, el taller de carpintería, las clases puericultura y de mecanografía. El Costa era una escuela que quería cumplir una amplia labor social sirviéndose del comedor y del ropero escolar, pero sin ser una obra de caridad, evitando el indigno espectáculo de las filas de niños que eran agraciados con algo de ropa, o con una beca en el comedor escolar.

El salón de actos fue el escenario de encuentros de maestros y de diversos actos culturales. También eran frecuentes las visitas a la escuela de maestros venidos de todo el Distrito Universitario. Sobraba entusiasmo, pero surgieron muchas dificultades: los frecuentes cambios en el profesorado, los problemas para nombrar al director, etc.

Durante la guerra, este espacio público fue utilizado con otros fines: las dependencias del Grupo Escolar sirvieron de hospital de guerra.

Finalizada la guerra civil, cuando los niños pudieron volver a su escuela porque la escuela fue otra vez escuela y no hospital, la escuela ya no era la escuela. Se acabaron las comisiones, los proyectos, las salidas y el trabajo compartido de niños y niñas. La escuela fue un aparato al servicio del Estado, un lugar de imposición y de sometimiento. Era el tiempo de la sumisión por la sumisión. A veces, la rígida disciplina se manifestaba en los castigos, en las consignas, en las celebraciones sin alegría, en el control sobre el trabajo de los maestros, en las banderas, en la autoridad impuesta, en el pensamiento uniforme o ausencia de él. La escuela de la dura posguerra se caracterizó, entre otras cosas, por las glorias imperiales, la increíble historia que fabricaron los vencedores, los himnos, las canciones, las lecturas depuradas, las ausencias, las palabras secuestradas, la vuelta a la Edad Media de la pedagogía, la educación al servicio del integrismo nacionalista y del integrismo religioso, la radical separación de niños y niñas. Pero, a pesar de todo, también había maestros y maestras que, en la intimidad del aula, fueron ejemplo de libertad y de tolerancia.

Frente a la rotunda invitación que Arnal Cavero hizo a los primeros alumnos del Grupo Escolar: “Niños, esta es vuestra escuela y vuestra casa”, la dictadura fue un tiempo de enajenación y de expolio. Junto a la memoria se expropió la conciencia de las cosas, el sentimiento de pertenencia, de solidaridad, el sentido de comunidad.

Tras la muerte del general Franco, con la recuperación de las libertades, la escuela se llenó de niños nuevos con caras nuevas. Las escuelas fueron sacudidas por algunos acontecimientos que terminaron transformado sus objetivos y su funcionamiento: nuevos contenidos, la democracia y la democratización del sistema educativo, las autonomías, los partidos políticos, niños que han venido de lejos, que aprenden a convivir en la escuela, Aragón asumió las competencias en educación, las especialidades del profesorado -en Inglés, en Música, en Educación Física, en Pedagogía Terapéutica, en Educación Infantil- la coeducación, la participación de los padres en la escuela, la colaboración con las familias, las nuevas tecnologías, los retos de la sociedad de la información, la integración de los alumnos con necesidades educativas especiales, el respeto por la diferencia, la igualdad de oportunidades, los maestros de apoyo, la gestión democrática de la escuela –los consejos escolares-.

Todas estas transformaciones demuestran que una escuela es una institución dinámica que cambia al ritmo de la sociedad (unas veces por delante, otras arrastrando un evidente retraso).

El Costa mañana y hoy

El Colegio Público de Educación Infantil y Primaria Joaquín Costa de Zaragoza es una escuela preparada para afrontar nuevos retos, una escuela que quiere ser mañana lo que fue para miles de niños: un tiempo inolvidable, un tiempo iniciatico, el tiempo de los descubrimientos personales, los amigos, las aficiones, las primeras rebeldías, la colaboración, el encuentro con los otros.

Hoy el Costa es la escuela viva, es decir, el grupo de niños que juegan y sueñan donde otros soñaron hace setenta y cinco años. Y la escuela también son los afanes cotidianos de maestras que allí trabajan, que se preocupan por sus alumnos, que reflexionan sobre su trabajo, que acompañan a los niños por el camino del aprendizaje y del descubrimiento. Esta escuela viva es la prueba de que a pesar de los cambios, las innovaciones, los materiales nuevos o los nuevos contenidos, la escuela es un grupo de personas que aprenden, que se comunican, que, a veces, padecen, que construyen su identidad, que dialogan o se aíslan. Por eso, todo es cada día nuevo y, al mismo tiempo, todo es viejo en este hermoso edificio: los pasillos, las escaleras, las mismas puertas miles de veces traspasadas, y, sobre todo, las palabras… ¡cuántas palabras han revoloteado en el interior de estos muros!

Este aniversario es un buen momento para recuperar la ilusión por la escuela que encierra, en realidad, la creencia en la posibilidad de transformar la sociedad, la confianza en que aún es posible hacernos mejores, la promesa de un mañana un poco más justo.

Exposición de Katia Acín

Ayer por la tarde se anauguró la exposición de Katia Acín en La Carbonería, en la plaza de San Pedro, en el corazón mismo de Huesca, de esta Huesca de María Sánchez Arbós, de Paco Ponzán, de Telmo Mompradé, de las hermanas Barrabés, de Ramón Acín y de Víctor Pardo. Después de las clases, me entretuve paseando por calles estrechas del casco viejo, esperando que se hiciera la hora de acudir a la galería de arte de María Jesús Buil. En la calle de las Cortes me paré enfrente de la casa de Ramón Acín y de Concha Monras. Pronto una placa servira para que en ella se deposite la memoria, y nos recordará que Ramón y Concha fueron arrancados de su casa y que fueron fusilados en agosto de 1936.

Pepe Melero decía ayer que estar entre amigos no tiene precio. Lo cierto es que pasamos un rato muy agradable, inventando proyectos nuevos, recordando trabajos y empeños.

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Los putos móviles...

Los putos móviles...

Esta mañana Javier Torres ha dado un curso sobre teléfono móviles. Ha empezado con un breve repaso de la historia de la telefonía, una historia personal que él ha conocido desde sus orígenes. Nos ha traído parte de su museo de teléfonos para que pudiera apreciarse cómo pasa el tiempo. Teléfonos que se quedan viejos cada mes. Aún hablaba con cariño de viejos terminales que, en su día, le prestaron buenos servicios. Sabe tanto de este tema que Mariano Gistaín decía que era como ver a Einstein cuando era joven. Nos ha hablado de códigos, de tarifas, de operadoras, de su tía Paz, de las Maria Luisas... Javier Torres ha dado un curso sobre el uso del teléfono móvil, pero sobre todo ha dado una lección de humildad. Hasta en el modo de terminar el curso ha sido humilde.

Allí he conocido en carne mortal a Roberto Abizanda, el padre de Blogia; a César Laso, a Ismael, A Javier Burbano, a Carlos Tricas que nos ha enseñado parte de sus mundos imaginados. Luego han venido Ángel Artal, Pepe Melero y Cuchí. Hemos hablado de libros, de escritores, de la exposición que inaugura Katia Acín el próximo martes en la galería La Carbonería de Huesca, del encuentro heterodoxo y romántico en Belchite (Belchite 2004), de los ordenadores que se va a comprar Antón Castro. Nos hemos acordado de Víctor Mira, de Félix Romeo y de Ismael Grasa.

En fin, una fiesta en apenas un milímetro digital. Un milímetro digital que soporta toneladas de talento. Por todo esto, lo de menos, como decía Mariano era lo de los putos móviles.

Ventoleras

Hay que vivir aquí para saber cómo sopla el viento cuando quiere soplar. El viento nos roba las ideas, las ganas de hacer cosas. El viento nos empequeñece, borra la risa de nuestros rostros, nos impide mirar. Vamos con prisa a todas partes y no me deja hacer una de las cosas que a mí más me gusta: pararme en la calle cuando encuentro a alguien que conozco. Cuando sopla el viento como sopla aquí cuando quiere soplar, antes de llegar a la altura de nuestros conocidos ya adelantamos un "adiós"... que es una declaración de principios.

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Ayer una de las mujeres de mi vida pintó para mí, en secreto, una acuarela. Luego, en secreto, la dejó encima de mi cama y se marchó sin hacer ruido. El cuadro se titula

"El cielo que miraba Paco Ponzán mirado ahora por Víctor Juan".

Y, en secreto, lloré.

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