el vuelo de la mariposa



"...el proceso educativo se parece más al vuelo de una mariposa que a la trayectoria de una bala". Philip Jackson, La vida en las aulas

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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2004.

24/08/2004

Un buen día

cieloyluna2.jpgAquella mañana me desperté como si tuviera algo que hacer. Pero hace muchos días que no tengo ninguna obligación que atender. La verdad es que no sé si volveré a hacer alguna vez algo. Salí a la terraza y todo estaba allí. Como un regalo inmeso para quien quisiera mirar. Y todos dormían. Todos menos yo. Me gusta estar despierto mientras todos duermen. Yo estuve allí cuando el sol quería asomarse al día y la luna aún se entretuvo en el cielo. Entonces supe que aquel sería un buen día. Y así fue. Por la noche asamos sardinas y, a última hora, vinieron Carmen y Antón, y nos contamos historias. Luis preparó una queimada, y cada uno de nosotros formuló en secreto un deseo. Nos acordamos de los que no estaban con nosotros. Y todo estuvo bien.

Yo estuve allí... el resto no importa
24/08/2004 06:56 Enlace permanente.

25/08/2004

Vivir otras vidas

tomsawyerbythefence.jpgComo una gozosa obligación, Blanca acude todos los lunes a la Biblioteca de Aragón que dirige Ramón Sabaté y que, por primera vez, este año no reduce su horario de atención al público durante el verano, como si en verano no se pudiera leer y los libros hubieran de estar secuestrados. Allí, en la biblioteca, se encuentra con Jeany, una compañera de la escuela.
Cada semana Blanca trae a casa dos libros -y a veces una película-. Blanca está siguiendo el mismo camino que recorrimos muchos de nosotros cuando teníamos su edad: autores como Verne o Twain, personajes como Miguel Strogoff, Phileas Fogg, Tom Sawyer o Huckleberry Finn. Antes ya había devorado todas las aventuras de Manolito Gafotas, el pequeño Nicolás y Celia. También ha leído, acompañada por su madre, los libros de Harry Potter que se han publicado en castellano. Estos días vive fascinada por la historia de Miguel Strogoff y se pregunta por qué las novelas siempre acaban bien, por qué pasan tantas cosas, por qué todo es tan emocionante, por qué todo se resuelve de un modo casual y casi siempre inesperado. Su mundo se está haciendo más grande. Está aprendiendo a vivir, mientras lee, otras vidas.
25/08/2004 08:35 Enlace permanente.

26/08/2004

La ética y el monumento a Vicente Campo

En las últimas semanas hemos asistido a un debate cívico y democrático sobre la conveniencia y la oportunidad de que el Ayuntamiento de Huesca dedique un monumento a Vicente Campo. Y felicito, en primer lugar, al Diario el Altoaragón por amparar y dar cabida en sus páginas a estos debates tan necesarios en un tiempo en el que sólo parecen importar los negocios del corazón, los grandes hermanos o las operaciones triunfo.

Hace seis años que trabajo en la Escuela de Magisterio, actual Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación de la Universidad de Zaragoza. Doy clase, por lo tanto, en las mismas aulas en las que profesaron Vicente Campo y Ramón Acín, en la misma institución en la que se formaron maestros como Simeón Omella, Paco Ponzán, Telmo Mompradé, María Sánchez Arbós o Evaristo Viñuales. Desde esta condición de oscense por voluntad propia es desde donde escribo.

Vicente Campo fue uno de los primeros maestros españoles que viajó al extranjero becado por la Junta para Ampliación de Estudios que presidía Santiago Ramón y Cajal. Le acompañaba otro ilustrísimo maestro: mi admirado Pedro Arnal Cavero. Esta beca supone que ambos estuvieron en contacto con la tradición pedagógica más moderna y progresista del siglo XX, y la que con más saña fue perseguida y castigada por el régimen del general Franco: la Institución Libre de Enseñanza.

Durante la dictadura de Primo de Rivera, Vicente Campo fue alcalde de la ciudad. También fue el editor de Las corridas de toros en 1970, la satírica obra de su compañero en la Escuela Normal de Maestros Ramón Acín, o de La enseñanza complementaria obrera, una comprometida obra de la inspectora Leonor Serrano, curiosamente trasladada a Huesca por la propia Administración de la dictadura primorriverista como consecuencia de un expediente disciplinario. También fue Vicente Campo el editor de "El Educador", un semanario dirigido por Miguel Sánchez de Castro, el regente de la Escuela Aneja a la Normal de Maestros, que fue amigo personal de Pablo Iglesias y un pedagogo radical. Aunque en este momento no se está pensando en homenajear al Vicente Campo educador, sino al alcalde, quiero con estos detalles poner en evidencia que Vicente Campo conocía sobradamente el patrimonio pedagógico (representado por maestros que eran sus compañeros o alumnos suyos) que la dictadura del general Franco suprimió –físicamente-, desterró de la memoria, condenó al olvido y que con tanta dificultad hemos tratado de recuperar en tiempos de la reciente democracia. Y a pesar de ello, colaboró desde la alcaldía de la ciudad con un régimen totalitario. Y éste no es un detalle menor. Aunque quiero comprender las razones de quienes defienden el monumento a Vicente Campo aduciendo que fue buen alcalde porque no le hizo ningún mal a nadie, no me parece una razón suficiente. Creo que no basta con adoquinar una calle, o con hacer un pantano para merecer un monumento cuando aún tenemos la memoria secuestrada. Un monumento es un gesto desmedido.

Vicente Campo sabía, por ejemplo, que en la Escuela Normal que él dirigió faltaba Ramón Acín. Sabía lo que había pasado con centenares de víctimas. Vicente Campo como otras personas con un nivel mínimo de formación no podía creer la retórica vacía de los vencedores de la guerra civil. He tratado muchas veces de ponerme en el lugar de aquellas personas que vieron sacudidas -y destrozadas- sus vidas por la guerra civil y me he preguntado cómo pudieron seguir adelante. Quizá sea que estamos programados para vivir. Comprendo el miedo y el silencio. Pero no era necesario ser alcalde durante la dictadura de Franco.

Fernando Elboj sabe que la política tiene una evidente dimensión ética. No pedimos que se retire el busto de Vicente Campo del parque, ni que se cambie el nombre de la calle que lleva su nombre. Pero estoy de acuerdo con quienes sostienen que levantar un monumento en homenaje a Vicente Campo es innecesario, desmedido e injusto. Por la ética que siempre encierran los gestos.

Y escribo esta carta el mismo día que se cumplen sesenta y ocho años desde que la tierra de Huesca se tiñó con la sangre de noventa y ocho oscenses -entre ellos se encontraba Conchita Monrás, la esposa de Ramón Acín- que fueron asesinados en las tapias del cementerio de nuestra ciudad.

Huesca, 23 de agosto de 2004
26/08/2004 07:06 Enlace permanente.

27/08/2004

Indiana Jones

indi2.jpgQuizá por su doble vida tan aparentemente contradictoria o por su manera de transitar la estrecha línea que separa el éxito del fracaso, él fue, posiblemente, mi último héroe de ficción. Pero sobre todo me entregaba a sus historias por la pasión que ponía en cuanto hacía. Daba igual que el doctor Jones se encontrara en clase, ante un grupo de alumnos, o en un recóndito lugar del mundo persiguiendo una quimera, una pieza arqueológica de la que apenas se tenía más noticia que las que se relataba en leyendas, en historias transmitidas por tradición oral o en cuadernos de campo de otros investigadores tan locos como el propio Indiana Jones.

Cuando veía una película de Indiana Jones experimentaba, en parte, aquella emoción perdida de los días de mi infancia cuando en la sesión infantil devorábamos las historias de Tarzán, El Zorro, Maciste, Los tres mosqueteros o cualquiera de aquellas películas de espadachines o de romanos que eran, durante toda la semana, el argumento central de nuestros juegos. Acudíamos a cines como el Roxi que canta Serrat, con bancos de madera oliendo a zotal, o como el Fuenclara de las tardes de José Antonio Labordeta en la Zaragoza de Los cuentos de san Cayetano. Nos metíamos tan dentro de la historia que aplaudíamos al protagonista, insultábamos al malo, animábamos al caballo del heroe que tenía que llegar a tiempo para salvar a la chica.

En el caso de Indiana, me atraía la entrega auténtica de este arqueólogo -hasta poner en riesgo su propia vida- a causas que consideraba justas. Le pasaban tantas cosas en una película, que salíamos de la historia agotados por la intensidad de la acción, magullados -como él-, enamorados y purificados.
27/08/2004 07:56 Enlace permanente.

30/08/2004

Los brazos de la Venus de Milo

venusm.jpgHace un tiempo, antes de encontrarme en este estado, yo, a veces, trabajaba.

Y tenía además suerte. Por eso recuperé un semanario pedagógico que se editaba en Zaragoza y del que no teníamos muchas referencias (de su tercera época). Localicé a Enrique González, el último propietario de la librería La Educación y resultó que tenía en su casa la colección completa de la revista La Educación (1915-1936). Ahora esta publicación está a disposición de todos en la Biblioteca General Universitaria. Después leí la entrevista que a principios de los ochenta le hacía Jesús Jiménez en Andalán al pedagogo aragonés Santiago Hernández Ruiz. En aquella entrevista Hernández Ruiz le comentaba a mi amigo Jesús que tenía sus memorias prácticamente concluídas. No paré hasta que el hijo de Santiago Hernández me envió las memorias de su padre -Una vida española del siglo XX. Memorias(1901-1988)-, que finalmente editó el ICE. Unos años más tarde leí Mi diario, el hermoso testimonio de María Sánchez Arbós y pensé que deberíamos localizar a los hijos de esta maestra para reeditar este libro del que sólo se había hecho cien ejemplares en México en 1961. Después de casi tres años de gestiones, Herminio Lafoz consiguió que la Consejería de Educación del Gobierno de Aragón patrocinara una generosa edición del diario de María Sánchez Arbós.

Todos estos trabajos, y otros empeños que duermen el sueño de los proyectos muertos, los he comentado con Eloy Fernández Clemente. Cada vez que le llamaba para decirle que había encontrado tales o cuales cosas, él siempre me decía que, un día, alguien encontrará los brazos de la Venus de Milo.

Pues bien, escribo todo esto para decir que alguien algún día encontrará las obras de Ramón Acín que hoy todavía están perdidas, secuestras, olvidadas o sepultadas por el olvido. Creo, de verdad, que será así. Y no sólo lo creo. Como diría Pepe Melero, quiero que así sea.
30/08/2004 08:42 Enlace permanente.


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