El escultor está triste. Antes ha estado mudito. Dice de sí mismo que es inteligente y que por la noche oye perros que no le dejan soñar, que hay gente que chilla y vocifera... Qué lamentable...
El pobrecico no ha entendido nada.
El escultor cree no hay nada por encima de sus esculturas. Quería hacer una escultura a cualquier precio: primero a Ramón Acín, luego a Vicente Campo, luego a la concordia... qué más da... Pero hay cosas más importantes que su cuenta corriente, que la vanidad, que su tristeza y que la mía. Dice que se va rumbo a otros parajes. Y él que es tan inteligente, sensible y defensor de la libertad se va insultando. Buen viaje.